
La cara del sevillista era un poema. Hacía tan sólo dos horas, rondaba los aledaños del estadio Ramón Sánchez Pizjuan con su camiseta de campeón de la UEFA y hondeaba con frenesí su bufanda europea. Ahora su semblante está oscuro, largo y apagado. Un japonés con el pelo rubio y la ayuda del que fue héroe bajo los palos, Andrés Palop, le hundieron en una noche en la que volvió a ver turcos en lugar de moscovitas. El Sevilla, otra vez fuera de la Champions League por culpa de sí mismo.




